Mugabe y el extraño mes electoral de marzo
Marzo fue un mes de elecciones en democracias raras: primero Dimitri Medvedev fue electo en Rusia, donde los partidos opositores no son tomados demasiado en serio que digamos, y después hubo elecciones parlamentarias en Irán, donde los conservadores le ganaron a los ultra-conservadores, mientras que los reformistas, en su mayoría prohibidos de participar, lo miraban por televisión. Como para seguir con la tendencia del ganador cantado, hubo elecciones en China y Cuba, donde Hu Jintao y Raúl Castro no tuvieron demasiadas complicaciones en quedarse con las victorias (aunque Jintao tuvo tres votos en contra, que no lo deben haber afectado mucho considerando que tuvo 2.956 a favor).
La ronda internacional de elecciones raras llegaba, técnicamente, a su fin con las elecciones de Zimbabwe, el 29 de marzo. Con 84 años de edad, Robert Mugabe, quería extender su temporada, comenzada en 1980, al mando del país. El sindicalista Morgan Tsvangirai quería echarlo. Los deseos de ambos siguen en pie.
La historia de Zimbabwe fascina porque ningún país se ha auto-destruido en los últimos 30 años como lo ha hecho Zimbabwe. Zimbabwe era, en los 80s y con su estabilidad económica, su educación y su salud, el país que marcaba el camino para las demás jóvenes naciones sub-saharianas. Hoy, Zimbabwe tienen la expectativa de vida más baja del mundo (34 años), 80% de desocupación y 300.000% (ó 400.000, qué diferencia hace) de inflación.
La historia de Zimbabwe fascina por quién era Mugabe, el libertador admirado por los líderes del continente, el referente de tantos otros mandatarios. Y fascina por la perseverancia de Tsvangirai, a quien le robaron las elecciones de 2002 (presidenciales) y 2005 (legislativas) y a quien molieron a palos el año pasado y que sigue, ahí, intentando sacar al viejo "rey" y coronarse él.
Esta vez pareció, en algún momento, que le llegaba el turno a Tsvangirai, que iba poder echarlo a Mugabe, que ganaría en las urnas por tanta diferencia que los mugabistas no podrían hacer otra cosa que reconocerse derrotados. Incluso, ayer se informó que Mugabe aceptaría irse si le aseguraban que no sufriría persecuciones judiciales (por el despelote que armó con el país, pero sobre todo por las matanzas en masa del Gukurahundi de los 80s). Con ello, la última elección de marzo pondría fin a la extraña racha de mandatarios victoriosos sin oposición real.
Pero Mugabe no quiere irse. Mugabe quiere quedarse. Entonces decidió reconocer la derrota, pero sólo por un margen pequeño, un margen que obligue a ir a un ballotage. Eso anunció hoy. Tres semanas habrá para preparar la segunda ronda. Tres semanas durante las cuales las fuerzas de policía y armadas se encargarán de intentar imponer una nueva elección "democrática" del gran líder".
La ronda internacional de elecciones raras llegaba, técnicamente, a su fin con las elecciones de Zimbabwe, el 29 de marzo. Con 84 años de edad, Robert Mugabe, quería extender su temporada, comenzada en 1980, al mando del país. El sindicalista Morgan Tsvangirai quería echarlo. Los deseos de ambos siguen en pie.
La historia de Zimbabwe fascina porque ningún país se ha auto-destruido en los últimos 30 años como lo ha hecho Zimbabwe. Zimbabwe era, en los 80s y con su estabilidad económica, su educación y su salud, el país que marcaba el camino para las demás jóvenes naciones sub-saharianas. Hoy, Zimbabwe tienen la expectativa de vida más baja del mundo (34 años), 80% de desocupación y 300.000% (ó 400.000, qué diferencia hace) de inflación.
La historia de Zimbabwe fascina por quién era Mugabe, el libertador admirado por los líderes del continente, el referente de tantos otros mandatarios. Y fascina por la perseverancia de Tsvangirai, a quien le robaron las elecciones de 2002 (presidenciales) y 2005 (legislativas) y a quien molieron a palos el año pasado y que sigue, ahí, intentando sacar al viejo "rey" y coronarse él.
Esta vez pareció, en algún momento, que le llegaba el turno a Tsvangirai, que iba poder echarlo a Mugabe, que ganaría en las urnas por tanta diferencia que los mugabistas no podrían hacer otra cosa que reconocerse derrotados. Incluso, ayer se informó que Mugabe aceptaría irse si le aseguraban que no sufriría persecuciones judiciales (por el despelote que armó con el país, pero sobre todo por las matanzas en masa del Gukurahundi de los 80s). Con ello, la última elección de marzo pondría fin a la extraña racha de mandatarios victoriosos sin oposición real.
Pero Mugabe no quiere irse. Mugabe quiere quedarse. Entonces decidió reconocer la derrota, pero sólo por un margen pequeño, un margen que obligue a ir a un ballotage. Eso anunció hoy. Tres semanas habrá para preparar la segunda ronda. Tres semanas durante las cuales las fuerzas de policía y armadas se encargarán de intentar imponer una nueva elección "democrática" del gran líder".
