La larga espera para el fin de la "quiet diplomacy" sudafricana
Lleno de inocencia, Morgan Tsvangirai pide que Sudáfrica intervenga en Zimbabwe para asegurar la transparencia del proceso electoral zimbabweño. Mejor que se vaya poniendo cómodo. La espera puede ser larga.
Dos días antes, con menos inocencia, Simon Tisdell decía en el Guardian que Sudáfrica podría aprovechar su mes en la presidencia del Consejo de Seguridad de la ONU para intentar incrementar la intervención internacional en Somalía. Tisdall tiene muchas más posibilidades de ver realizado su deseo que Tsvangirai. Ambos saben que Sudáfrica es "el país" que puede marcar el ritmo diplomático en África, como también lo sabe Thabo Mbeki, el presidente sudafricano.
Mbeki tiene un síndrome parecido a uno de los de Cristina Kirchner: le gusta figurar en en el escenario internacional. Algún malintencionado podría decir que ambos buscan que sus actuaciones internacionales los eleven a la categoría de grandes estadistas ante los ojos de sus pares. Por eso no sería de extrañar que Mbeki haga un esfuercito con Somalía. Solucionar la situación más complicada del Cuerno de África sería toda una proeza diplomática y, después de todo, a Mbeki el reloj político ya le corre en horas de descuento, en su país y en su partido lo arrinconan y sin dudas que no le espera un retiro con poder en las sombras del ANC a partir de 2009.
Pero, todo indicaría que Mbeki optará por no intervenir en Zimbabwe, en línea con lo que ha hecho en sus nueve años de presidencia. Si es así y si prosigue con su empecinamiento por aplicar "quiet diplomacy", Tsvingirai debería ir preparando una nueva campaña electoral para cuando Mugabe se digne a convocar una nueva elección porque para Mbeki su sueño de gran estadista internacional implica respetar al ex-héreo libertador y ex-aliado del ANC, Mugabe.
Lo que parece perder de vista Mbeki, es que su "quiet diplomacy" le juega en contra para ganarse el respeto del exterior. Solo él y unos pocos allegados siguen convencidos de la utilidad de esa política diplomática para con Zimbabwe.
Dos días antes, con menos inocencia, Simon Tisdell decía en el Guardian que Sudáfrica podría aprovechar su mes en la presidencia del Consejo de Seguridad de la ONU para intentar incrementar la intervención internacional en Somalía. Tisdall tiene muchas más posibilidades de ver realizado su deseo que Tsvangirai. Ambos saben que Sudáfrica es "el país" que puede marcar el ritmo diplomático en África, como también lo sabe Thabo Mbeki, el presidente sudafricano.
Mbeki tiene un síndrome parecido a uno de los de Cristina Kirchner: le gusta figurar en en el escenario internacional. Algún malintencionado podría decir que ambos buscan que sus actuaciones internacionales los eleven a la categoría de grandes estadistas ante los ojos de sus pares. Por eso no sería de extrañar que Mbeki haga un esfuercito con Somalía. Solucionar la situación más complicada del Cuerno de África sería toda una proeza diplomática y, después de todo, a Mbeki el reloj político ya le corre en horas de descuento, en su país y en su partido lo arrinconan y sin dudas que no le espera un retiro con poder en las sombras del ANC a partir de 2009.
Pero, todo indicaría que Mbeki optará por no intervenir en Zimbabwe, en línea con lo que ha hecho en sus nueve años de presidencia. Si es así y si prosigue con su empecinamiento por aplicar "quiet diplomacy", Tsvingirai debería ir preparando una nueva campaña electoral para cuando Mugabe se digne a convocar una nueva elección porque para Mbeki su sueño de gran estadista internacional implica respetar al ex-héreo libertador y ex-aliado del ANC, Mugabe.
Lo que parece perder de vista Mbeki, es que su "quiet diplomacy" le juega en contra para ganarse el respeto del exterior. Solo él y unos pocos allegados siguen convencidos de la utilidad de esa política diplomática para con Zimbabwe.
